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lunes, 8 de febrero de 2010

El tigrillo

Un tigrillo herido encontré en la calle. Sin pensarlo lo metí en mi mochila. El veterinario lo curó, y me dijo: «Tienes suerte, pudo haber muerto si vienes más tarde». Sanó. Los sillones de la casa arruinaba en sus juegos. Se escondía entre las sábanas y dormía. Desaliñaba todo a su paso. Lo llevo a todas partes de la ciudad. A veces saca la cabecita y gruñe. Me acompaña cuando miro el ocaso desde el patio en las faldas del cerro en el que vivo. Entre mis manos, parece algodón amarillo casi anaranjado con manchitas. Lo acaricio antes del reposo, y cuando despierta pide otro viaje y otro viaje que inician cuando el alba asoma a la ventana. Pero un día de lluvia regresé. Lo llamé como de costumbre. Él me lamía la mano a mi venida. Lo llamé de nuevo. No salía de los huecos de la casa. Lo busqué entre sollozos. Solo a mi tigrillo tenía. Recorrí la colonia bajo la lluvia, bajo la prolongada lluvia. Pero nunca más tuve su cuerpo de algodón amarillo casi anaranjado: había marchado con el viento.


Septiembre 2009

Miroslava Rosales

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